La ingeniería civil mexicana, un encuentro con la historia. México, Colegio de Ingenieros Civiles de México, A.C., 1996. 343 páginas.


Domingo, 01 de diciembre de 1996 a las 00:00
POR Carlos Martín del Castillo

La ingeniería civil mexicana, un encuentro con la historia, por Carlos Martín del Castillo (coordinador). México, Colegio de Ingenieros Civiles de México, A. C., 1996. 343 páginas.

“De lujo”. “Es una golosina para la vista”. “La ingeniería civil en México, desde la perspectiva histórica que aborda el libro, desbasta la aridez de los temas ingenieriles y se convierte en un tema apasionante”. Y como los comentarios elogiosos anteriores, recabados de lectores de la redacción de Obras, se podrían añadir decenas más.

Lo cierto es que este volumen, que refiere objetivamente las proporciones de una actividad estrechamente relacionada con el crecimiento del país, es un reflejo que revaloriza, obra por obra, los momentos más sobresalientes de la industria de la construcción. El libro es la cereza del pastel que conmemora los primeros cincuenta años de existencia del Colegio de Ingenieros Civiles de México.

En sus páginas se extiende un panorama de la profesión calibrado por la historia, y se ofrece un contenido que no sólo menciona con algún detalle los logros más sonados de esta cofradía, sino que profundiza en las raíces de la ingeniería civil a la vez que explora los diversos campos y efectos de su acción.

Como subraya el prólogo: “...para poder plantear toda la gama de actividades que abarca la ingeniería civil, fue preciso destacar como eje central de la obra un principio esencial: que esta profesión tiene el privilegio de poner su creatividad, esfuerzo y capacidad al servicio de la solución de problemas del ser humano. De ahí la necesidad de reiterar que la ingeniería y los ingenieros no son ajenos a los problemas sociales de su tiempo...”

La obra abre camino con un capitulado recio y consistente. Primero, amplía la visión sobre las contribuciones de la ingeniería en tiempos prehispánicos, y previene el encuentro que esa ingeniería portentosa (Tenochtitlán, El Tajín, La Venta, Monte Albán, Cholula, Palenque, Tikal, Chichén Itzá, Uxmal...) sostendrá con la ingeniería renacentista, prevaleciente en Europa. De esa fusión, como todos recuerdan, sólo predomina en la Nueva España el quehacer constructivo de los colonizadores.

La colonia, empero, es el telón de fondo de construcciones inigualables. Se habla de obras magníficas, como el acueducto de Zempoala, los socavones “para el cinabrio y el oro”, que alcanzan las entrañas más hondas de la tierra, las articulaciones eternas de las nuevas ciudades, cuyo dibujo se hizo “atendiendo a las características del terreno y a la función de las mismas. En aquellas que sirvieron como sede de gobierno intervinieron alarifes e ingenieros, fueron trazadas en sitios planos y siguieron el modelo reticular; tal fue el caso de Guadalajara, Puebla, Querétaro, Mérida y Morelia...”

Las ciudades mineras, y los puertos y las fortificaciones (...para hacer frente a los ataques de piratas y corsarios) todavía son, sin lugar a duda, motivo de asombro.

Más tarde, la ingeniería del siglo XIX le puso los cimientos al México moderno y, como han convenido los historiadores, ese siglo se mide aparte. Las sacudidas políticas y sociales pusieron de cabeza proyectos de país, unos bajo el nombre de Imperio y otros, de República. Pero los ingenieros, como lo muestra el libro, ya estaban ahí.

Inclusive Humboldt, el explorador alemán, quedó gratamente complacido con los asistentes que le fueron asignados y por el gran grado de avance de algunos ingenieros que le ayudaron a describir y a inventariar las riquezas de Nueva España, “a sus aspectos físicos, su extensión territorial, población y minas, agricultura,<



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